26 February

Cuando Dios es todo lo que tienes

creciendo juntas

Viernes, cenando en casa de unos viejos amigos, yo no sabía qué era mejor: si la conversación, las risas o preparar la comida. ¡Cuán hermoso momento! La amistad siempre ha sido uno de los tesoros más preciados de mi vida.

Al fin, la cena servida en la mesa; exquisito aroma a cariño, a franqueza, a honestidad en casa de esta familia querida. Esos amigos que solo el cielo puede dar. Entre pláticas y bromas brotaban las carcajadas. Entre amigos, las carcajadas son una sinfonía de alegría.

Pantalla abajo, mi celular ronroneaba contra la mesa. No importa la bulla, el insistente sonido de un teléfono vibrando siempre romperá el hilo más fuerte de cualquier conversación. Incesantemente demandando mi atención, ya molesta, lo tomé y le di la vuelta para atender la impaciente urgencia. La hora me ha quedado sellada en la memoria para siempre: 8:30. ¿Quién podía necesitarme tan urgentemente un viernes en la noche? ¿No sabían que estaba feliz comiendo con mis amigos? ¿Mis hijos acaso? No podía ser, minutos antes había hablado con mi mami y ellos ya estaban dormidos.

Nadie llamaba. Era un catarata de textos imparable. En la pantalla solo corrían los mensajes uno tras otro, luego otro y luego otro. No paraban.

Apenas pudiendo leer las primeras palabras de cada mensaje, tuve que sostenerme bien para no perder la compostura. Tenía que entender bien si estos mensajes eran para mí, aunque por el tono y la descripción, pensé por un segundo que eran para alguien más y estaban llegando al destinatario equivocado.

Después de unos intentos, logré abrir el primer mensaje. Lo que sucedió luego es la historia más dolorosa de mi vida, ¡por segunda vez! Los mensajes saltaban de la pantalla como garras oscuras rompiéndome el pecho para apretar mi corazón hasta dejarlo sin vida. Dicen que una bofetada nunca mató a nadie; esta fue tan dura que me sacó el alma.

Abrí el primero y ya no había duda, cada texto era un puñal en mi corazón. Cada información me despojaba la vida y la esperanza; eran frases que me desgarraban el alma, traspasaban mi corazón y me robaban el aliento. No, no había duda; todo estaba allí. La verdad, una verdad para la que nunca me preparé; la historia que nunca imaginé. La historia que pensé nunca volvería a suceder. ¿Cómo podía volver a pasar? Dios le había brindado Su Gracia y restauración. Contuve el aliento. No sabía a ciencia cierta qué debía hacer.

Él allí, frente a mí; al ver mi rostro supo que no había nada más que hacer. Su teléfono también sonó; el teatro había llegado a su final. Las lágrimas corrían por mis mejillas como río sin cause, las palabras no encontraban salida. Todo fue dolor en esos segundos. Nuestros amigos, quienes nos habían acompañado en los últimos trece años de ministerio, solo lloraron. Ellos ya habían vivido esto en el pasado junto a mí, así que no hubo necesidad de preguntar, al ver mi rostro y ese tipo de lágrimas, sabían de lo que se trataba, habían acompañado mi dolor la primera vez, y fue claro para ellos. La historia solo se repetía de una manera más dura y cruel. ¡No! ¡No! No podía ser que así terminara todo; no podía ser que el milagro que tanto esperaba no llegara. Todas las pruebas estaban allí, frente a mí. Había vuelto a pasar.

Un segundo adulterio. Años de engaño, pero esta vez con mi amiga querida, mi amiga de confianza y ayuda en el ministerio de mujeres, la esposa del pastor de jóvenes de la congregación que dirigíamos. Sé lo que es sentir que sigues vivo pero que la vida te ha dejado. Por segundos, sentí: ¡Padre mío, por qué me has abandonado! Son segundos oscuros en los cuales te pasa la vida por delante y te preguntas: ¿qué pasó? ¿Es esto una pesadilla? ¡Despiértenme, por favor!

En una noche todo cambió para mí, para mis dos hijos y para una congregación completa. Perdí todo. Sí, todo por lo que había luchado los últimos quince años de mi vida. Y entonces fue que comprendí:

«Hasta que Dios es todo lo que tienes, te das cuenta de que Él es TODO lo que necesitas».

En ese preciso momento de la verdad, esa verdad que anhelaba fuera una mentira, sentí los brazos de mi Padre Celestial diciendo: «Se terminó. Yo estoy aquí y una vez más he alzado el rugido de León por mi cría, por mi hija. Llora mi pequeña, Yo estoy aquí». Realmente comprendí por qué siempre me había sentido tan identificada con el personaje de Lucy Pevensie en la maravillosa heptalogía de C. S. Lewis Las Crónicas de Narnia. Me sentí siendo protegida por El León.

Luego de un momento de sentir que la razón se me iba, escuché en mi corazón la voz de Dios que me indicaba 1 Pedro 4.19 (RVR􏰀􏰁􏰂􏰃): «De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien».

Me aparté a una habitación y entre agonía, dolor y desesperanza, leí el texto bíblico. ¡Quién en su sano juicio quisiera leer un texto bíblico en un momento como este! Pensé, pero allí estaba yo, intentando no perder la razón, y en lo profundo de mi ser solo escuchaba: «Yo estoy contigo». Cuando leí el texto en mi teléfono celular, sentí que mi Padre Celestial me decía: «Estás padeciendo. No será fácil, aún falta. Pero estás adentro de mi voluntad. No te salgas. Ahora te toca encomendar tu alma que llorará y sufrirá mucho, pero debes mantenerte haciendo el bien. Seré Yo por ti. No hagas nada en contra de nadie. Fija tu mirada en mí».

Los días siguientes fueron demasiado dolorosos; cargar mi pena, cuidar el corazón de mis hijos, ser responsable de una congregación y hacer la correcta gestión para que el daño causara la menor cantidad de estragos. Finalmente, fue todo un milagro que la mayor parte de la congregación fuera acogida y cobijada por una iglesia Los días siguientes fueron demasiado dolorosos; cargar mi pena, cuidar el corazón de mis hijos, ser responsable de una congregación y hacer la correcta gestión para que el daño causara la menor cantidad de estragos. Finalmente, fue todo un milagro que la mayor parte de la congregación fuera acogida y cobijada por una iglesia saludable y pastores amorosos. Bendito cuerpo de Cristo que sanó la parte del cuerpo enfermo y golpeado por el pecado a través del resto del cuerpo sano. Mis benditos pastores Rony y Nino Madrid, junto a mi hermano mayor Rodrigo Motta, su esposa Carolina, Ricky Marroquin y toda la Iglesia Vida Real, fueron pastores en todo el sentido de la palabra, para mí, mis hijos y la congregación que había sido herida.

Un Mes Después …

Un mes después viajé hacia Dallas, Texas, para pasar un proceso de sanidad en la Iglesia Gateway. Los pastores Robert y Patty Quintana, Liz Jones, Mary y Bruce Calderón, Juan y Anita Constantino, Linda Michieli, Lucas y Valeria Leys y muchas personas más, fueron Sus brazos amorosos. No puedo expresar más que honra y gratitud para esta maravillosa congregación que se constituyó junto a la Iglesia Vida Real en Guatemala, en los lugares donde inició la resurrección milagrosa de mi vida.

Cuando el avión comenzó su ascenso, allí estaba yo, finalmente sola; mis hijitos habían quedado al cuidado de mi bendita madre, Gladys, y mi hermano mayor, Jorge.

Estuve en silencio por unos segundos; respiré fe, exhalé y me derrumbé a llorar como una niña. Iba sola en mi fila, así que literalmente lloré sin ninguna reserva. Cuando me pude contener, solo le hice una pregunta a mi Padre: «Solo dime, ¿cómo me voy a recuperar de esto? ¿Existe recuperación para esta traición y para la vida que tendré que enfrentar junto a mis hijitos?». Lloré, lloré y lloré. Dulcemente pero con mucha firmeza, Él me contestó: «No te voy a recuperar. te voy a resucitar; tu corazón fue traspasado. Mi plan para ti se llama: Resurrección».

A partir de ese día he experimentado el poder de la resurrección trayendo vida a mi corazón, hijos, familia, ministerio, sueños y proyectos. ¿Cómo? Te lo compartiré en los capítulos siguientes.

La siguiente fue una instrucción muy simple, pero no imaginé lo profunda que sería; resultó la guía con la que Él despertó mi valentía en medio del temor, la inseguridad y la desesperanza. Me tomó tiempo procesar y vivir la amplitud de cada frase, pero comprendí que esta sería toda una forma de vida. Me dijo:

«Sé valiente para soltar lo que te pido,
sé valiente para abrazar lo que te doy,
sé valiente para no juzgar a otros y
sé valiente para vivir solo para mi aprobación».

Esta instrucción fue y ha sido mi guía para enfrentar uno de los sucesos más dolorosos de mi vida. Ese suceso que no estaba en mi guion ni en las expectativas del milagro por el que por años había orado y luchado.

Compartido del libro “Valientes” – Kristy Motta
Editorial Vida

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